Esta tarde soleada de abril, tras mirar por los cristales empañados del calor del hogar, me ha jugado mis sentimientos una mala pasada.
¡Nos vamos!- La voz de mis hermanos al fondo del pasillo-.
Mi gran compañera llamada imaginación los acompañabas, y desde mi ventana observaba sus juegos, a los que yo me unía también.
¡Veintidós escalones!, la silla de ruedas que transportaba mi pequeño cuerpo no podíamos traspasar la fina línea que nos separaba.
Pero mis sentimientos libres y sin cadena volaban dirección a la calle, sintiéndome tan feliz como ellos.
Hoy media década después, sigo sentada y tras los cristales de esta tarde preciosa de abril puedo observar con gran alegría, que la situación de personas con discapacidad ha mejorado sustanciosamente en los últimos años como consecuencia del progreso.
Muchas gracias, - grita mi alma- a todas esas alma que han hecho posible que pueda salvar veintidós escalones y ver a mis hijas jugar en el jardín, el la calle, en el parque e incluso en la playa, y no tras los cristales, sino junto a ellas, aunque mi inseparable silla de ruedas me sigue a todos lados,. SOY FELIZ.
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